martes, 23 de septiembre de 2008

Una historia pequeña.



Co-gestiono una pequeña sociedad de ganaciales (mi propia familia) desde hace más de veinte años. Con tres personas a cargo nos dedicamos, mi socio y yo, fundamentalmente a sobrevivir, intentando crecer en valores como la solidaridad, la ética, el conocimiento, el desarrollo personal, la convivencia, la democracia, la comprensión, la felicidad, etc… Para desarrollar estos proyectos requerimos de algunas materias primas básicas como alimentación, vestido, educación, algún medicamento cuando nos resfriamos y un techo donde guarecernos y donde salvaguardar la intimidad. Hasta ahora hemos ido tirando. Con altos y bajos creo que hemos ido generando valor añadido.

Pero no contaba con un error de gestión que no me perdonaré nunca. Hace unos años, animado por una extraña sensación de bienestar realicé la peor inversión de mi vida y que ha causado daños colaterales en la vida del personal a mi cargo. Coloqué todo mi patrimonio presente y futuro (la fuerza de mi trabajo) en la compra de una vivienda. En su momento pensamos que era una decisión meditada y acertada. Contábamos con dos sueldos que podían hacer frente a las posibles fluctuaciones del precio del dinero en condiciones normales. Y así fue durante los primeros años. Se trataba de una inversión para consumo propio, no especulativa.

Hace un año la empresa donde trabajaba cambió de gerente y decidió que mis servicios ya no le eran necesarios. Me quedé sin trabajo. En su momento no supuso un drama mayor que la frustración personal de verte sin empleo. Pero todo cambió a los pocos meses cuando empecé a escuchar y leer que algo muy negro se avecinaba, y empecé a constatar que tenía visos serios de realidad, entre otras cosas, porque nadie me quería emplear.

En este tiempo mi catastrófica inversión (por el encarecimiento de los precios y las subidas de euribor) se come mi prestación por desempleo y una buena parte del otro sueldo que entra en casa. Tampoco puedo vender porque nadie me compra. Dentro de muy poco tiempo mi banco amigo (aquel que en su momento casi me obligaba a aceptarle más de lo que le pedía) me exigirá las llaves y tendremos que abandonar la sede social. Mi sociedad de gananciales se ha ido al traste. Así de fácil. Así de trágico.

No me tengo por un lumbreras pero tampoco por un bobo o un iluso. Sé que nos movemos en un sistema capitalista de mercado donde los precios se balancean (o así debiera ser) al ritmo de la oferta y la demanda. Lo que nunca llegué a imaginar (“a dios pongo por testigo”, a pesar de haber iniciado los trámites de la apostasía) es que mis representantes oficiales (esos y esas a los que he votado; a los que he confiado la gestión de mi carta de ciudadanía) se vieran impotentes ante los desmanes de unos cuantos amantes de la usura. Veo que ponen interés (mis representantes oficiales) pero que poco parece que pueden hacer, más allá de consolar mi espíritu.

Tampoco quiero que parezca esto una derrota o una llantina. Un entregar la cuchara o una inmersión buscando la eutanasia. Solo quería contar una historia pequeña, la mía, que sospecho puede ser una entre millones que necesitan cura de urgencia. Lo que no alcanzo a entender es que se va a hacer con tantos hogares destrozados. ¿Nos los volverán a vender? ¿O nos propondrán un alquiler al módico precio de cinco litros de sangre al mes? Algo tendrán que hacer. No creo que existan puentes en el mundo en los que refugiarnos todos de la lluvia.

No me llamo Freddie ni mi socia Fannie, pero igual necesitamos ayuda.