jueves, 14 de agosto de 2008

Verano azul


A menudo confundimos el bienestar con el ingreso de la paga extra. Así, fantaseamos quince días de apartamento (una semana de hotel) con la tranquilidad de pertenecer a la clase media. Todo sea por agosto y por contar a la vuelta en la barra del bar las excelencias del arroz caldoso con marisco que “allí lo ponen como en ningún sitio”. Sin reparar en que la clase media no existe, o es un mero apunte estadístico. No somos más que currantes (proletarios se decía siguiendo el manual), trabajadores dependientes de una nómina (que no es más que una lista de nombres con salario) para gastar en muslitos de pollo y merluza congelada. Pero nos gusta comentar lo bien que lo pasamos estirando nuestros euros en el restauran aquél que nunca olvidaremos. Y siempre, o casi siempre, traemos algún rastro en forma de agua y sal o caracola o quemadura (también vale la arena que se impregna entre la ingle) para demostrar a los vecinos (nuestros iguales) que fue el mejor nuestro destino. Así un verano y otro mientras ves pasar las olas pintando el cuadro de tus arrugas.