lunes, 22 de febrero de 2010

Empezar por el principio


Ya hemos dicho en alguna ocasión que el economista es un técnico forense, puede que acierte en lo que pasó con mayor o menor precisión pero nunca va a recetar un preventivo por ese miedo ancestral al error y al escarnio público que tienen las bien situadas cabezas que viven de tertulias y facturan por palabras. Esto en cuanto a los que van de feria en feria, pero lo mismo se podría contar de los gabinetes de estudios (o aún peor), pues siempre hay alguien que hace el encargo y, en el encargo mismo, exige el resultado. El que paga manda. Ahí están las amenazas de pandemias y el acopio de vacunas, o el crash de la seguridad social y los planes de pensiones. También las agencias que califican la salud económica de un país. Pero siempre he pensado que no valen lamentaciones si no se acompañan de acciones. Por eso el cambio de modelo productivo, el estado de bienestar, la sanidad, la justicia y todo lo demás comienzan su acertado o errático camino en la educación. Este sería a mi juicio el pacto más importante de la historia. El pacto que nos haría progresar ad infinitum. Jugar a política de cuchillo con el sistema educativo es peligroso. No se trata de tener un sistema rígido. Pero tampoco debe estar al albur de cada ministra/o de educación. Si se trata de navegar en la incertidumbre de la sociedad del siglo veintiuno, un sistema educativo consensuado por todas las fuerzas políticas, blindado por el consenso, sería la mejor forma de estar preparados ante los vaivenes. Es decir, habría que empezar por el principio.