miércoles, 12 de noviembre de 2008

Sobre la cumbre


En un gesto de coherencia institucional, el presidente electo de los Estados Unidos, Barak Obama ha anunciado que no estará en la reunión del quince porque su país solo tiene un presidente “a la vez”, evitando así una posible imagen exterior de bicefalia. Así son las reglas y así deben cumplirse. Aunque ya hemos dicho algunas veces que nos resulta cuando menos bochornoso que el principal causante de la hecatombe sea el que reparta las tiritas, hemos de aceptar y así lo hacemos la imposibilidad de acortar los plazos de la transición de un mandato a otro, y la inaplazable necesidad del encuentro.

Dicho esto, nos parece imprescindible que en el encuentro privado mantenido por Bush y el propio Obama se haya impuesto el razonamiento lógico de trasladar algunas directrices del proyecto de este último incluso con la presencia de parte de su equipo. No tendría sentido una despedida a lo neocon que obstaculizaría y retrasaría aún más las posibles soluciones.

Entiendo, por tanto, apelando a la inteligencia humana y al razonamiento básico que en la cumbre mundial habrá algo de Obama.

No esperamos ninguna revolución ni asalto a la Bastilla de este encuentro, pero sí un principio de consenso sobre la necesidad de profundas reformas en los mecanismos de control y una definitiva prevalencia de la política sobre la economía. Un final irrevocable del laissez faire imperante hasta el tsunami. Esto es lo que la esperanza afroamericana debe exigir a la frivolidad tejana. Este debería ser el contenido de mínimos a partir del cual empezar la aportación de ideas, planes y soluciones. La esperanza del cambio (yes, we can) es lo que ha motivado la movilización masiva en apoyo a Obama. Las expectativas están muy altas y seguramente alguna frustración se quedará por el camino. Pero lo mínimo exigido, repito, y ahí la voz de Europa debe alzarse, es que nunca más la economía, el mercado, tumbe a la política.

Cualquier cosa que no nazca de este mínimo será un nuevo fracaso.