lunes, 12 de noviembre de 2012

La muerte tiene un precio. ¿Cuánto vale la vida?





Hace mucho tiempo que mucha gente, personas, familias enteras se quedaron sin un derecho constitucional reconocido y un derecho, sobre todo, de justicia natural. Ha hecho falta, ¡otra vez!, que una parte de esa gente, algunas de esas personas, en su infinita tristeza y desesperación se hayan quitado la vida para que se vislumbre un atisbo leve de reacción ante los desahucios desalmados y rastreros que aplican a diario los mismos señores de chistera y puro que, unos años atrás, nos colmaban de monedas y bienaventuras. Esos que nos animaban, con sonrisas amarillas, a obtener un derecho constitucionalmente reconocido y, sobretodo, de justicia natural: un lugar donde vivir, una vivienda digna.

Mucho me temo que la reacción (¡siempre andamos reaccionando!, ¿no aprendimos la palabra proacción?) política no va a suponer más que una tirita en la herida profunda. Mucho me temo que esa tirita tamizará el interés informativo de la opinión publicada sobre los dramas venideros. Tampoco creo en el anuncio oportunista de la AEB (Asociación Española de la Banca) de paralizar las ejecuciones sumarias (hipotecarias dicen ellos) por un periodo de dos años en casos extremos de tanta gente indefensa.  ¿No es extremo el caso de quedarte sin lugar donde vivir?¿Cuánta cicuta concentrada habrá en la letra pequeña de ese anuncio? ¿Cuánto interés, cuántas clausulas suelo para volver a engañar? Hay cuestiones que, por tarde, nacen obsoletas, injustas, insuficientes…

No les creo. ¿Por qué habría de creerles ahora? Estamos viendo que la muerte tiene un precio. ¿Cuánto valdrá la vida?