sábado, 15 de diciembre de 2012

Hablar es (o debería ser) más fácil



Tendemos con demasiada frecuencia a inventar palabras y usar giros expresivos hasta adoptar jergas que nos distingan como gremio, clase social o grupo. Así la jerga (algunos prefieren hablar de lenguaje para darle más enjundia) jurídica, médica…, periodística, política… Ahí nos sentimos como “peces en el agua.” Es nuestro círculo. Allí donde no puede entrar cualquiera. Donde las invitaciones se reparten con “cuenta gotas” a unos pocos elegidos que “comprenden y aceptan.”

 Esto, en mi opinión, es una costumbre excluyente. Válida quizá (que nunca justificable) para tiempos pretéritos en los que el conocimiento era “exclusivo” y compartido por unos pocos; pero de corto recorrido o al menos dudoso en momentos de transferencia vertiginosa de conocimiento al alcance de un click. No hay nada más estúpido en comunicación, salvo que solo pretendas comunicarte contigo mismo y poco más, que utilizar códigos enrevesados y de dudosa interpretación. Esa manía de esconder las palabras en las “palabras” no consigue otra cosa que separar en lugar de unir. Que sospechar en lugar de creer. Es un estar siempre a la defensiva defendiéndonos de algo o de alguien que damos por sentado que nos va a arrebatar aquello que consideramos propio.

 Esta actitud en la mayoría de las ocasiones es, también, una debilidad y, sobre todo, una muestra de desconfianza e inseguridad en nuestras destrezas y capacitaciones. Las palabras las hicimos para entendernos, para conversar, para conocer y para interpretar la realidad (y la ficción). Con esta costumbre extendida hace ya mucho tiempo que la frase “no me entiendes” la entendemos perfectamente: significa “no quiero que me entiendas”. Si ese es el fin último, si no queremos o no nos interesa hacernos entender, es una pobre excusa, hoy, utilizar el “no me entiendes” de forma, incluso, despectiva. Sobre todo cuando el “no me entiendes” o “no me has entendido” oculta y conlleva “otras intenciones”.

¿Os acordáis cuando de pequeños anteponíamos “chi” a cada sílaba de cada palabra para que no supiesen los de la otra calle de qué estábamos hablando? ¡Claro que ellos también hacían lo mismo!

Chipu chies chie chiso. No sé si me explico.